Hipocresía catalana
Qué inteligencia la de Ortega y Gasset cuando se refería al hombre masa como aquél que no está al mismo nivel de sí mismo, el que se encuentra a mitad de camino entre el ignorante y el sabio, que cree saber y no sabe o el que no sabe lo que debería saber. Sea como sea, esto me recuerda a la última cacicada proveniente del nacionalismo catalán, Me refiero al blindaje de los correbous para serenar el malestar de las hordas convergentes de las Terres de l’Ebre tras la abolición de las corridas de toros.
Acaso olvidan que el toro ensogado padece un fuerte componente de estrés, como asegura la Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia (AVAT). Probablemente, no sean conscientes que no tiene una fisiología preparada para encarar este tipo de situaciones y, al ser encajonado para atarle, sufre fuertes sensaciones negativas. No sólo esto. La alteración de su miedo natural le produce ansiedad, lo que le afecta negativamente porque el miedo es un poderoso causante del estrés.
Ya es triste tener que rebatir continuamente la sempiterna falacia de que el toro no sufre. El axioma del terrible sufrimiento psíquico y físico que padece cualquier mamífero, cuyo sistema nervioso complejo y su umbral de dolor es similar al de los humanos, no requeriría ni un minuto de dedicación. Sin embargo, sólo la miopía intelectual, y haberla hayla en todos los extremos ideológicos, puede afirmar que un toro no sufre hasta el tuétano cuando se le clavan banderillas en el lomo, se le ensoga hasta oprimirle, se le ponen bolas de fuego hasta dejarle, en muchas ocasiones, ciego, se le clava una lanza hasta alcanzar el pulmón para desangrarlo lentamente o le gritan energúmenos que disfrutan con su dolor y su muerte.
Pero no. Sacamos pecho de este ritual anacrónico y consideramos una kermése autóctona el que centenares de jóvenes corran por las calles de un pueblo, gritando cual marabunta salvaje, aplaudiendo, vitoreando, aterrorizando y torturando a un pobre animal, incapaz de discernir qué le está ocurriendo. Será oriundamente catalán, pero es una de las cacicadas más infectas del pseudoprogresismo de salón, que nos acerca más a primitivas civilizaciones que a la vanguardia de la que siempre ha presumido Cataluña. Pero no me extraña. La delgada línea que separa el ingenio del ridículo no lo es tanto como la que discurre entre la ilustración y el provincianismo. Y, desgraciadamente, la envidiada Cataluña -antaño adalid del progreso moral de la humanidad al prohibir las corridas de toros -ha devenido en un solo día en una Cataluña equiparable a la España salvaje. Eso sí, ataviada con una barretina firmada por Patricia Field.
Y mientras nos miramos el ombligo estatutario, los correbous se multiplican, a la vista de los números de este verano. Los habitantes de las Terres de l’Ebre, fervorosos de sus gustos primitivos y de sus orgías de maltrato y violencia acrecientan el número, la duración y los lugares donde se celebran. Todo ello, ante el beneplácito de Convergència i Unió y con la complicidad de Esquerra Republicana de Catalunya. Prohibimos las corridas pero mantenemos nuestro granero de votos. ¿Dónde está la decencia? ¿Dónde está el sentido común? Sin duda, en los cálculos electorales.
En fin, curiosa nación ésta, que se jacta por las mañanas de ser imponderable y disfruta con la tortura despótica de animales nobles en los días de verano. Ignoro la respuesta de nuestras señorías, pero cuando se pierde la coherencia no se puede esperar honestidad intelectual, moral y ética. Tenía razón el escritor norteamericano Joseph Heller cuando decía que en esta vida algunos hombres nacen mediocres, otros logran mediocridad y a otros la mediocridad les cae encima.




